Domingo 24 de Febrero
07:30 a.m. - Enciendo mi motor cerebral y los colores empiezan a circularme por la sangre. España me despide a besos, despliega su colorido en etiquetas. Me tocó compartir una hora de avión con un curso de colegio. En otras ocasiones, en casi todas, yo hubiera pensado lo mal que la iba a pasar con tanto griterío adolescente pero juro haberme quedado sin oídos. O más bien, me ocupe tanto de mis ojos que me olvide de mi audición.
Siempre me preguntaron quienes son mas lindas, si las argentinas o las españolas. A pesar de mi eterna debilidad por mis compatriotas tengo que decir que este país me ha despedido con una lluvia de verdes, blancos y rojos que raspó lo torrencial. Me senté en el último asiento, junto a otro afortunado y a la tropa entera y desde ahí, aunque los asientos me tapen la vista, pude disfrutar de la química de la presencia.
Ya que estoy hablando de la belleza femenina quiero comentar sobre las azafatas, mujeres que tapan su naturaleza con kilos y kilos de maquillaje, pero quienes en cerca de diez viajes que realice hasta el momento me enseñaron a distinguir la simpatía natural de la trabajada. A una de ellas, de etiqueta negra con todas las letras, solo le hacia falta una palabra para desplegarla. La simpatía natural se ve en el brillo de los ojos cuando sonríe, pero principalmente cuando te mira.
El ataque final, el súper combo de golpes al alma lo recibí al momento de bajarme de este primer avión. Fueron diez minutos de espera hasta que se abrieron las puertas, pero en ese tramo de tiempo el órgano que me da la vida tuvo una actividad fuera de lo común que hasta el día de hoy continúa reactivándose cada vez que lo recuerdo. Un asiento mas adelante que el mío, del otro costado, una de las adolescentes logro contraer mi corazón al punto que lo dejo del tamaño de un grano de arroz con la simplísima profundidad de una sonrisa dulce, muy dulce, indescriptiblemente dulce. Fue un súper combo de dulzura, muchas sonrisas juntas, cada una mas profunda que la anterior. Con una carita de haber dormido un rato y querer seguir durmiendo, respondía a los comentarios que la pareja de ancianos que le toco como compañeros de asiento le hacían y yo, desde ahí atrás, con numerosas convulsiones internas, anda a saber que cara tenía.
A los hombres que lean esto les recomiendo que provoquen una sonrisa profunda en sus mujeres cuando estas recién se despierten. Sin exagerar, ese sentimiento no tiene nada que envidiarle al mejor orgasmo.
El blog ya se actualizó...
ResponderEliminarAhora me faltan noticias tuyas...
Tus besos contentadores cumplieron su objetivo...
:D :D :D :D :D