Lamentablemente son imborrables los momentos de vergüenza, juegan al rin-raje todo el tiempo y no se dejan ver. Pero ahora soy otra persona, nuevas imágenes se desbloquean y ese niño inquieto y travieso ha sido atrapado.
Pretenderé contar dos historias de amor idiota, falso como su origen y desarrollo pero productivo porque ambos me transformaron en lo que hoy soy. Si ellas las leyeran, podrían optar entre sentirse orgullosas, elección que seguramente tomaría su débil cerebro de aquellos momentos o sentirse heridas, si es que el milagro humano de la experiencia les despejo las nubes.
Voy a diferenciar claramente a la primera de la segunda. La que dio origen a mi idiotez era realmente la vedette de las falsas, en cambio la que concluyo en mi ahora era simplemente una novata, la típica idiota novata.
Todo comenzó un verano supuestamente productivo para mi economía, un pequeño negocio familiar y un trabajito en el cual finalmente hubiese sido semi-explotado. Y ahí la vi, su pelo negro empezó a expandirse como una nube de maldad hasta cubrirme y no dejarme escapar. El toque final, como toda perversa predultescente (entiendase como adulto con mente pre-adolescente), lo dio con un rotundo combo de miradas diario, sonrisas y desperdicios de belleza. Claro que nunca podría llamarlo expresión de belleza porque lo que esta mujer hacia era tirarla al suelo, desparramarla para que otros la tomen y la disfruten sin darse cuenta que esta ya no estaba en el cuerpo de ella.
Eso fue lo que hizo conmigo, darle un punto de partida a mi edad tonta, la edad de sentir y olvidarse de los ojos, la de querer encestar sin picar la pelota. A partir de ese momento mis acciones vergonzosas comenzaron a multiplicarse, la ridiculez de creer que se puede obtener correspondencia solo con dar, dar y dar ciegamente y olvidarse del orgullo propio, de entregar secretos a terceros, desnudarse de armas y quedar al descubierto de una pequeña sociedad a la que uno ve como un mundo porque es su mundo.
Pero no nos engañemos, fui yo quien la vio, quien se comió esa simpatía que ese pequeño universo proclamaba cómica, porque siempre es divertido reírse del que pasa vergüenza. No puedo echarle la culpa a una pobre idiota de mi estúpida debilidad. Aunque muchos admiren la sensibilidad de una persona también es un defecto, un verdadero punto débil porque esta se agrava en momentos de sufrimiento y provoca una liberación interna que realmente uno no quiere.
Gracias por: enseñarme a reconocer una simpatía verdadera, a saber que la belleza externa se opaca notablemente cuando se pueden ver a las claras las falencias internas, a resguardarme ante miradas dulces y especialmente, gracias por enseñarme lo que no es.
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