domingo, 22 de junio de 2008

Las ultimas horas del cristal

Martes 26 de Marzo de 2008, 03:00 hs.

En un estado como este, aunque todavía pise tierra, la realidad es que puedo decir que ese momento de conclusiones había sido el comienzo del vuelo de vuelta. Mientras me despedía nuevamente de mi suelo ante los ojos de mi hermana, por primera vez note que me sentía realmente mal. No quería irme, de verdad que no quería.

Mientras observaba los alfajores del micro y el huevo de pascua que había reservado para comer durante el viaje (ambos únicos objetos de bienestar en ese momento), mi deseo no podía escaparse de mi deber. La mente vapuleo al corazón. Y aunque esta es una de esas situaciones en las que "de vez en cuando viene bien", no pude evitar sentirme muy mal.

Sabía que tenía que volver porque era lo más inteligente, además solo tendría que aguantar unos meses más. Pero en ese segundo en que el motor del micro se encendió, mis últimos 4 años pasaron todos enteritos frente a mis ojos.

Me fui de Argentina casi que nadando, ciego y con la única ilusión de una vida nueva que no apeste tanto. Y me encontré conmigo. Me di cuenta lo poco que me conocía, que fácil y barato es pensar que con solo cambiar de tierra uno puede ser diferente. Que triste y deprimente es echarle la culpa al entorno por más olor a mugre que tenga.

Todo fue de un día para el otro ida y vuelta. Poco duro mi esperanza de ser el que supuestamente quería ser, demasiado tardé en reconocerme.

Desperté al llegar a Retiro, fui a buscar alguien que me lleve a Ezeiza y mientras disfrutaba del feo paisaje, charlaba con el remisero de la miseria del país y el poder económico europeo, y al mismo tiempo de la miseria de la mayoría de las personas adineradas. Me sirvió para desviar el foco del malestar, al menos hasta que me bajé y puse mi pie en el Aeropuerto de Ezeiza, otra vez.

Enterarme que (para variar) el vuelo de Varig que me llevaba de vuelta a aquel emocionalmente conflictivo aeropuerto de Guarulhos (Sao Paulo) se había retrasado varias horas solo fue el puntapié inicial para el segundo tiempo de una historia de mentes increíbles. Querer estallar en llanto por perder el huevo de pascua y los alfajores en el nervioso camino solo significaba una cosa:

Ese yo de cristal que no quería saber nada de si mismo, el que no veía el futuro ni el pasado (ni vivía el presente), el que no sabía lo que quería, el que solo pensaba en lo dividido que lo estaba volviendo el destino, el que se escondía detrás de una bandera, el que se multiplicaba en explicaciones de por qué volver, ese mismo que ocultaba en su interior a la persona que habita este planeta, acababa de romperse dejándome desnudo. O como nunca mejor dicho: como Dios me trajo al mundo.

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